Un viaje a tierras enemigas

Les escuché decir a los vecinos de mi barrio, que suelen juntarse aún en un bar de esquina (obsérvese que un bar que presuma de su esencia debe estar ahí, en una esquina) que lo mejor de los viajes son los preparativos, la planificación, el armado del itinerario, imaginar la temperatura que nos recibirá y qué comidas locales nos esperan.

Más allá de algún desencuentro con el talle de la ropa de verano que pretendía llevar (eso confirma que la indumentaria carece de consciencia, ya que no evoluciona con los años y la reflexión) el imaginar el próximo viaje generalmente elegido expande las fronteras de las posibilidades del lugar en cuestión, hasta de las capacidades físicas de caminar 200 cuadras por dia, si el destino es una ciudad, a la que prometemos admirar por su riqueza cultural, y no por comparar precios de ropa, electrónica o vivienda. Todo tiempo futuro fue mejor. Por alguna razón que desconozco, pero que la Neurociencia se encarga de iluminar, tanto el pasado como el futuro han sido mejores que este amargo presente del que me encargo de prescindir, escapar, divertir, disfrazar, atontar, intoxicar…en síntesis: no vivirlo. Se dice que nuestro cerebro, que consume el 70% de la glucosa presente en el cuerpo, fuente de energía, que habitan en nuestro cuerpo. Todo ese combustible lo requiere para defendernos de los posibles ataques de bandos contrarios a mí, lo que me obligará a generar pensamientos, que provoquen sentimientos que paran emociones que hagan que me tenga que mover: escapando o pelear (fly or fight) Por ende, mi cabecita está atenta hoy a distinguir sombras asesinas, seres indeseables que sólo pretenden mi mal, físico o emocional. Para eso, la humanidad en su perfeccionado proceso de socialización, con las valiosas y ¿libres? Interpretaciones de nuestros progenitores, nos ha entrenado para que la victimización sea un rol frecuente en nuestros comportamientos. Es claro que encontrar culpables de nuestras desgracias, desilusiones, frustraciones, nos libera…por un rato, hasta que aparecen nuevas desgracias, desilusiones, frustraciones, ahora por otros villanos invitados a nuestra vida.

 

Volviendo a los viajes…decía el bueno de Mark Twain (un poco cascarrabias, citan las crónicas) , citado también por mis vecinos, que la manera más segura de saber si amas u odias a alguien, es hacer un viaje con él. Ese compañero de viaje sin dudas que te involucra. Vos sos tu propio acompañante. Probá a sacarte una selfie ahora y seguro que aparece en tus fotos. Entonces: ¿te amás o te odiás? Suena obvio que uno se quiere, pero no es tan extendida esa forma de vincularse con uno mismo. Pensar que Jesús proponía que nos amáramos los unos a los otros, así como a uno mismo…claramente sabía que esos otros no iban a ser amados en la misma gradación, si ella provenía del bendito amor propio. Y esta propuesta supone además que nadie puede dar aquello de lo que carece: no se puede dar amor si no tenemos experimentado el amor hacia uno mismo.

 

No es muy común que nos querramos, con amor del bueno. Ese que ayuda a desarrollarse. El buen amor no es hacerle la tarea al hijo para evitarle el esfuerzo, sino ayudarlo a resolver enfrentar desafíos, a pensar, a cuidarse. Casi podríamos decir que no nos prestamos atención lo suficiente. Cuidarse no es hacer dieta, no es matarse en el gym para mejorar nuestra apariencia, disfrutar a ritmo Instagram de la vida. Cuidar es conocerse. Nadie puede ni cuidar ni querer algo desconocido. Viajar a nuestro interior, al ser, es uno de los recorridos más largos e intrincados de nuestra existencia…casi que no termina hasta nuestro viaje hacia el otro plano, luego de la muerte. Ese viaje del autoconocimiento debería exigir esfuerzo en planificar, seguramente más que los destinos turísticos a los que solemos dedicarles horas de búsquedas googleanas y de amigos con más experiencia allí.  Pero por qué no le ponemos foco en saber quiénes somos, por qué reaccionamos como lo hacemos, de donde viene esa tristeza crepuscular, ¿saber qué les pasa a las parejas que atraemos? Miremos la calidad de nuestras relaciones y tendremos algún diagnostico. Pero las causas están dentro nuestro, no en el afuera. La mesa no es mala porque me golpeó mi bendita rodilla. No somos la persona que diseñamos tras varios años. El día que supe que la etimología de persona me remite a máscara, la iluminación aclaró mi antifaz. No somos víctimas de nuestra propia vida, deberíamos ser responsables de ella. No porque tengamos que rendir cuenta ante nadie, ni siquiera ante Dios, Inteligencia Superior, Vida, etc. Agradecer en haber recibido la vida cada dia, es un ejercicio enriquecedor, y no la recibimos para dar cuentas a nadie ni nada. Solamente por beneficio propio, y como causante de la mitigación del sufrimiento, es que deberíamos responder y revisar nuestro comportamiento, nuestros pensamientos, sentimientos y emociones. A muchos no se nos enseñó a autoindagarnos, autoconocernos, salvo para rendir cuentas en un confesionario (examen de conciencia) y nos encontrábamos contando nuestras miserias morales ante un ser humano que nos lavaba nuestras manchas internas en nombre del Supremo, pero sin ayudarnos en ver más allá, en saber dónde mirar hacia adentro…Creo fervientemente que el ser humano es un diamante al que la educación, la programación familiar, las experiencias oscuras sin reflexión, los miedos, han ennegrecido. El brillo original de la piedra preciosa que somos está cubierto de cenizas. No tenemos más pecado original que aquel que decidimos practicar cuando nos olvidamos de nosotros, cuando nos separamos del propósito que nuestra vida nos tiene y que debemos descubrir, revelar y honrar, cuando nos alejamos de nuestra consciencia, pequeño tesoro superior.

 

Mi principal enemigo soy yo, cuando no me miro, cuando decido por acción u omisión no cuidarme, al creerme inmortal o insignificante. No reconocerme digna obra de la Naturaleza es una injusticia. Tengo la maravillosa capacidad de la imaginación, de la conciencia, del lenguaje, de la posibilidad infinita de comunicarnos con el otro, de tejer nuevas y viejas relaciones. No me debo dejar atrapar por los emojis de mi ego, que simplifica la interpretación de mi vida en 200 figuras (imágenes que ni siquiera sé si el otro entiende lo mismo que yo). Es sabido que el principal enemigo de la vida humana es el hombre mismo, más que el mosquito, o los tiburones, pero resulta que ese hombre soy yo.

 

Pero hay una buena noticia: ese enemigo es posible de vencer, siendo su presencia posible de controlar. Si lo miramos, lo observamos, si lo educamos en ser consciente lo podemos sumar a nuestra tribu…ya que además de empezar a sufrir menos (¡pare de sufrir!, y sin diezmos ni aceite de Jerusalén) generaremos mejores vínculos con quienes nos rodean, acompañan, atraemos.

 

Empecemos a planificar el viaje…imaginemos escenas, imágenes, preparemos el equipaje (ligero se va mejor). Siempre hay tiempo de iniciar este necesario periplo. Este recorrido es el más maravilloso al que hayamos accedido, y donde al final del mismo nos encontraremos diferente que cuando dejamos el territorio de partida. ¡¡Nos vemos!!

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