¿Quién es el dueño de mi vida?

“Búsquenme, me encontrarán en el país de la libertad”. (León Gieco)

Sea su propio jefe. Sea libre y diga adiós a las ataduras de las jerarquías. Me gritan por varios sitios, donde me proponen el emprendedurismo: allí seremos libres como las hojas de los árboles que se desprendieron el reciente invierno y el pasado otoño, siempre en rutinaria secuencia (pobre naturaleza, que no puede escapar de sus rígidas reglas).

Todos fuimos tentados a entrar a ese reino del Nunca Jamás llamado libertad. Sin ataduras, sin obligaciones, sin órdenes que cumplir.

Cuando adolescentes soñábamos con la adultez, para no tener que regirnos por las normas familiares, de padre, de madre, hasta de ambos a veces. Para tener nuestra independencia, nos pusimos a trabajar y lograr nuestro dinero, el pasaporte a la libertad. Enseguida nos dimos cuenta que había otras instrucciones que cumplir: nuestros jefes. Si tuvimos fortuna en nuestros empleos, aprendimos algo más que rutinas que servían solamente a la empresa. Conocer el mundo real, intercambiar experiencias con gente de distinto origen que nuestro microcosmos familiar, escolar, barrial. Supimos que saber “venderse” permitía ser bien visto y quizás lograr favores de nuestros superiores y pares. Pero no nos llenó.

Quizás entendimos que tener una pareja “tradicional” podría comprometer nuestras ansias libertarias y no nos esposamos.

Seguimos buscando el arca con las monedas de oro en otras experiencias.

El libre albedrío se empezó a enrarecer con las amenazas de las responsabilidades hacia otros, hacia una empresa, en relación al sistema…

Entendimos que libertad era igual a paz, pero la esquiva meta se nos seguía escapando.

Llegaron momentos de angustia, de intenso dolor y luego sufrimiento, provocados por esa frustración. El ecosistema nos propuso parches: entretenimiento, adicciones, religiones, empresas, personas, que nos mostraron que nuevos jefes nos seguían gobernando, disfrazados de libertadores. Claro: un rato nada más. Si queríamos prolongar la sensación de alivio había que aumentar las dosis. ¿Nos dimos cuenta?

Un buen día (parecería que no todos lo son) nos encontramos con nosotros mismos. Y no nos gustó lo que vimos.

Estuvimos escapando de jefes externos reemplazando uno por otro en secuencia vital. Nos estuvimos escabullendo de nuestra mirada. No fuimos responsables, no tuvimos capacidad de respuesta a nosotros mismos.

Nuestro ser pedía a gritos atención, cuidado, amor. Ese amor propio con mala prensa, no era atendido.

Queremos amar y ser amados. Amar es entrega sin cálculo. Entregar lo que somos, lo que tenemos en nuestro interior. Inclusive sin comparar con experiencias anteriores, porque así caemos en calcular.

¿Nos cuidamos física y mentalmente? ¿Nos alimentamos espiritualmente? ¿Acumulamos valor espiritual, para luego compartir, entregar, multiplicar? ¿Nos conocemos?

La autoestima consiste en tener la capacidad de estimarnos, de observarnos, de entendernos. No se ama lo que no se conoce.

El amor se expresa de manera compleja, a través de diversas expresiones: algunas visibles y otras tácitas. Todas ellas hablan y surgen de nuestro interior, de nuestra íntima conexión con la esencia individual, única e irrepetible. Ya hemos compartido que nuestro propósito en la vida es entregar ese mosaico bizantino que embellece y agrega integralidad con el Universo, la Naturaleza, el Mundo, sea éste mi entorno familiar, de amistad, de comunidad, etc.

Mi propuesta a través de estas palabras es poder identificar quién es mi jefe hoy. Qué nos tiene prisioneros: ¿mis creencias, las creencias de otros, mandatos familiares, adicciones, fanatismos, reglas morales, ideologías, mi imagen, mi rol en mi empleo, mis clientes?

Animate a viajar a tu ser, a tu interioridad. Emprendé, pero primero empezá a descubrirte, a liberarte de verdad. El nombre del juego es Volver a tu Esencia. Allí está tu propósito.

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