El poder del prejuicio

A. Rodolico y Mi amiga C.

Hace unos días atrás me acordé de una historia que me contó mi amiga C. hace años atrás, que comparto con ustedes para reflexionar respecto del odio y del prejuicio.
Ella y su hermano fueron criados por su padrino y la esposa de éste, desde su niñez hasta entrada su adolescencia. Mi amiga recuerda de esas épocas a su padrino como una persona sabia, que apenas sabiendo leer y escribir, mantenía su curiosidad intacta leyendo cuanto libro encontraba a su paso. Un hombre que había tenido que trabajar desde su niñez -por necesidad-, buen conversador. Un tipo bueno, correcto, salvo cuando en esos tiempos bebía, y se perdía en el alcohol.
Mi amiga recordaba la violencia de su padrino cuando se encontraba alcoholizado, desde lo físico y lo verbal. Y me cuenta su primera relación con el odio. Vivían en una ciudad del interior (ya no recuerdo el nombre) de esas donde hace mucho calor y se duerme la siesta, religiosamente. Ella y su hermano jugaban y se reían alto (ella ya no recuerda el porqué) lo que enfureció a su padrino. De resaca, después de varios días de borrachera, cinto en mano empezó a golpearlos. El dolor de los golpes, lo injusto de ello, sumado al hecho de que la esposa del padrino no los defendiera de tal atrocidad (para que no la lastimase a ella también) le provocaron lo que recuerda como su primera imagen del odio durante su niñez. C. también recuerda los moretones y el no poder pasar siquiera las manos por sobre ellos. “Castigos como estos acompañaron mi infancia, y supongo que de ahí la loca idea de: tengo que ser como quieren que sea”, me confiesa. Lo que ella no parece ver hoy es que construyó su propio modo y comanda su vida.
Mi amiga retoma la historia y me cuenta que una noche de verano, los cuatro deciden dormir en el jardín, pues sería más fresco que el calor que se sentía en la casa donde vivían. Y que esa noche, el padrino se dispuso a contarles sobre su infancia…sus padres lo habían cambiado por ganado a los cinco años junto con su hermano menor y así empezó a trabajar desde esa edad en los campos. Que apenas había podido cursar primer grado en la escuela y la familia con la que los habían dejado no se preocupaba ni por él, ni por su hermano. Que su día empezaba a la madrugada y terminaba tarde en la noche. Entre otras tareas cuidaba un huerto, animales y todo tipo de trabajo que uno pueda imaginar, relacionado con el campo. Que en pleno invierno, ese invierno que deja ver en la madruga la escarcha en el pasto, él andaba descalzo sin remera y en pantalones cortos, buscando ovejas. Cuando tenía hambre comía lo que encontraba, pero primero siempre le daba a su hermano. A veces era alguna naranja verde o improvisaba algo con lo que cazaba. Sí, a esa edad ya cazaba. Mi amiga casi puede sentir su dolor, sentir ese frío en el cuerpo. Casi puede sentir el hambre que tuvo que haber tenido, y se le hace un nudo en la garganta, mientras lo escucha. Fue casi automático el preguntarse a sí misma si acaso el alcohol no le hacía olvidar todo aquello. Ese día solo pudo sentir amor, amor por aquel al que había odiado. Al poco tiempo al padrino le detectaron una enfermedad que lo obligó a dejar la bebida…para ella, su hermano y la esposa de su padrino fue un gran alivio. Empezaban a vivir diferente.
En ese momento C. entendió que él no sabía dar amor, porque nunca lo había recibido. Que era mano dura porque él mejor que nadie sabía que la vida es dura y quizás, en su ignorancia, los quería preparar para eso.
De esa forma, mi amiga empezaba a verlo con otros ojos, no obstante no justificara la violencia de los castigos infligidos.
Y luego de su relato, me pregunta con cuántas personas nos cruzamos a diario y pensamos: qué enojona, qué mala persona, qué fea actitud…
Así se pregunta y me propone pensar en esos casos: ¿Qué hay detrás de eso? Por las actitudes del otro ¿Qué le pasó a esa persona? Por su historia ¿Qué lo hizo así? Por sus experiencias. Y remata preguntándose ¿En qué puedo hacerlo cambiar?
Mi amiga C. cree que la expresión “poner la otra mejilla”, no se refiere a seguir sufriendo maltrato y aguantarlo, sino a cambiar el mundo con amor, sin prejuzgar.
Me da un beso, se despide y me quedo pensando en el prejuicio, como en el pecado de juzgar antes de saber. De escupir nuestro propio odio, miedo, vergüenza o ignorancia desde el escrúpulo, como una verdad absoluta que no precisa ser probada. Y de una alternativa, que es buscar la verdad, la empatía para entender al otro para poder aprehenderlo. Es probable que C. nunca olvide los golpes recibidos, pero aprendió a ver a su padrino desde otro lado. Ese lugar donde convergen las verdades que, a pesar de terribles o inevitables -de donde no hay vuelta atrás-, es el lugar desde donde también somos.

N del A: Agradezco a mi amiga C. haberme contado esta historia hace años y comparto con ella la coautoría de este trabajo.

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