Contactar con la esencia: ¿cuál…la de vainilla?

Se comenta en los atestados vagones del subte, en las colas de peaje de autopistas y rutas angostas, y hasta en las ex colas de los bancos (ahora nos entregan algoritmos para esperar nuestro turno, extrañas combinaciones de letras, números y caracteres chinos) que tenemos que volver a la esencia, contactar con ella. ¿Pero qué componente extraño tenemos en el cuerpo que no lo conocíamos, que no sale en ningún diagnóstico por imágenes?

Vamos a tratar de encontrarla.

Resulta que cuando nacemos, somos un bebé, un ser que recalaba en su mundo oceánico materno, muy cómodo, donde hasta le enviaban la comida por un ducto y su contexto es calentito y autosuficiente. Pero resulta que por algunas de las leyes de la naturaleza (parece que hay varias inviolables, además de la ley de de gravedad) a los nueve meses, más/menos días, nos expulsan de nuestro útero-resort all inclusive. Y de ahí, a llorar y a cortarnos el canal de comida, y aparte nos obligan a respirar por nuestra cuenta. Tremendo dolor…truculenta fiesta de bienvenida a la vida. Y la Naturaleza recibe a otro homo sapiens sapiens único e irrepetible (ver blog “Hacete responsable”). Hasta ahí somos una semilla inconsciente que empieza su camino vital sin saber para qué. Por lo que se sabe hasta hoy a la tarde, esa semilla cuenta con información heredada de nuestros padres y familia. Además el contexto socio ambiental de ellos al momento de engendrarnos y de la gestación, aporta bytes al ADN.

Como señores bebés somos unos seres totalmente dependientes para comer, abrigarnos, darnos vivienda y hasta afecto (en la mayoría de los casos). Y que debemos enfrentar el sendero que nos lleve por la independencia hasta la interdependencia. Resulta que para transitar el primer tramo independiente (me resulta duro escribir esta palabra siendo de Racing) desarrollamos nuestra conversión de inocencia (etimológicamente falta de información o libre de culpa) hacia la ignorancia (dotado de información errónea). Claro que estas fake news no las reconocemos como tales, y producto de inevitables heridas psicológicas en nuestra primera infancia, desarrollamos un sistema de defensas, llamado ego, o sea yo, para equipar lo que será nuestra personalidad (et. máscara).

En este viaje empezamos a experimentar relaciones interpersonales y comenzamos a aprender a ser interdependientes, como podemos. Nuestra personalidad es el kit de herramientas que fuimos haciendo crecer para encontrar la solución a cada tipo de desafío interpersonal.

Vamos creciendo hasta que vamos descubriendo el sufrimiento profundo, ese que no se va con una caricia de mamá o la palmadita del viejo. Y descubrimos que como somos no nos alcanza para no sufrir: no somos felices. Que tenemos que desarrollar nuestro ser, o que existe un sector en las librerías de autoayuda y que no es libros sobre mecánica para automóviles, sino que trata de ayudar a personas a estar mejor.

Desarrollarse no es crecer, sino dejar de sufrir. Hay una frase bastante mencionada en esos ámbitos extraños donde se habla de lo que le pasa a la gente: “que el dolor es inevitable, pero que el sufrimiento es opcional”. Pero resulta que sufrimos. Pues entonces la propuesta es encontrar ese camino al desarrollo no personal (recordemos que persona es la máscara) sino de nuestro ser. Que ese viaje implica ir hacia adentro, para reencontrarnos con esa semilla que fuimos, sin afectación de nuestras experiencias, sin cáscaras por sobre esa esencia.

¿Como emprender ese recorrido interno? Se me ocurren tácticas como contactar con mi cuerpo, tomar conciencia de mi mente y su obsesión en llenarme de pensamientos muchos de ellos inútiles, reconocer mi espíritu, esa dimensión intangible que forma parte de mí. Ser responsable de mi cuerpo, de mi mente y de mi espíritu: saber alimentar cada dimensión de mi ser, protegerlo de daños innecesarios y previsibles. Sabernos vulnerables.

Ese viaje a reducir el sufrimiento implica volver a casa, sentir que retornamos a rincones conocidos, confortables, a ese ser que siempre fui…

Otra táctica útil, otro tip de viaje, es ir dejando equipaje en el camino, como esas medias o cargadores de celular que olvidamos en los hoteles. Dejar creencias, malos hábitos que reconocemos nos dejan sabor amargo.

Se habla bastante de la autoestima. No es pasión por los automóviles. Es la autopercepción, y eso implica conocerme. Es imposible amar lo que no se conoce, y dar algo que no tengo como el amor hacia mí es una utopía. Así podremos ser generosos en cumplir con lo que Jesús nos propuso: “Amar al prójimo como a ti mismo”, ni más ni menos. Cuanto más nos amemos, más amaremos al otro. Eso es ser buena persona, buen samaritano. No hay posibilidad de tener amor y no querer compartirlo, no experimentar cómo ese sentir se expande.

La esencia a saborear y a conocer no era la de vainilla, sino la nuestra. El corazón de esa semilla que somos.

Animate a viajar a casa. Claro que no es fácil ni el momento es hoy para todos. Sólo me permito alentar a que observes tu sufrimiento y cuánto más podrás tolerarlo. ¡Si estás cerca del techo, el momento es ahora!

Tenemos varios tipos de inteligencia. Te propongo desarrollar la inteligencia espiritual, esa que nos propone decidir, ser responsables, que nos empuja a conocernos.

Y como todo artículo serio que se precie de tal debe contener alguna frase de Albert Einstein. Este humilde escrito también contiene una muy utilizada por el genial físico y filósofo (esa última faceta algo escondida por la comunidad científica). “Muchas gracias” (sic).

 

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